martes, julio 13, 2004

reencuentro estival

- I -

Llegan ahora los amigos idos. Por tierra, aire y mar llegan a llamar de nuevo a nuestra puerta. Largas filas de amigos que llegan sonriendo, congregados como peregrinos fieles a la gran mezquita azul de este verano. Es, ciertamente, el verano tiempo propicio para el reencuentro: este oasis famélico y vetusto en medio justo del año, largo y espigado, lentísimo en la laxa y agradable mediocridad de este sitio donde nos ha tocado vivir. Llega el verano y vuelven los amigos. Aquellos amigos que la vida se llevó a otros lados, aquellos que un día dijeron que se tenían que ir de aquí, que ya no tenían nada que hacer y que, por ello, se sacudieron de sus inquietas sandalias el polvo arenoso y enrarecido, irrespirable y pesado, sin salida y sin futuro, el fango, en fin, pesado de la triste vida del sitio en que la fortuna les hizo nacer.
Y es precisamente en estas fechas que, cuando el sol, las vacaciones, la nostalgia de la familia y los amigos o ninguna de estas excusas (o todas ellas a la vez) los traen de nuevo a sus calles de siempre, a sus bares de siempre, a sus recuerdos infantiles concienzudamente proscritos, nosotros, que permanecemos aquí todo el año, desterrados dentro de nosotros mismos, en perenne exilio de párpados hacia dentro, no podemos dejar de sentir una mezcla extraña entre alegría y desazón. Alegría por la vuelta de los que se fueron, por comprobar que, efectivamente, las cosas sólo le han podido ir bien. Una ciudad no es más ciudad ni es más importante porque vengan a visitarla muchos inquilinos, sino porque sus vecinos, sobre todo los más jóvenes, no tienen que irse fuera para encofrarse el futuro. Pero, junto a la alegría del reencuentro, sentimos a veces también la desazón escocida por tener que resignarnos a que gran parte de la gente interesante que hemos tenido la fortuna de encontrar a nuestro lado, tiene que separar, así, como fruta madura de la rama, su vida de la nuestra.

- II -

Pues sí: llegan ahora casi todos los amigos idos. Por tierra, por aire y por mar llegan a llamar de nuevo a nuestra puerta. Largas filas de amigos que llegan sonriendo, nadando en las acequias de la luz de este verano que apenas arrancó motores. Llegan de todas las latitudes, de sus cuarteles de invierno y de sus vidas nuevas y sus nuevos nidos. Llegan de cualquiera de las soleadas islas del mediterráneo donde, por lo visto, nunca falta el jornal bien pagado y el flujo de billetes nunca duerme. Llegan de un Londres triste y bienaventurado, insomne y solitario de muchedumbres, donde se araña la paga de ayuda al emigrante y se cotiza a buenos pounds la mano de obra poco cualificada. Llegan de la Euzkadi brumosa y extraña, de ciudades universitarias de olor moruno, llegan pálidos y sonrientes, supervivientes al oscuro aparato digestivo de la ciudad-monstruo de la capital, Babilonia siniestra y feroz donde la vida es un Secorbus a punto de partir ... en fin, el verano, sí, es tiempo propicio para el reencuentro.
Así que nosotros, los que aún seguimos aquí, los que no pudimos o no quisimos irnos, los que decidimos quedarnos a enfrentarnos a la vida en este pequeño campo de batalla, los que seguimos viendo el sol salir por el mismo lado y ponerse por las tardes, en esas bellas explosiones nucleares allá tras la playa, los que vemos cómo os vais y vemos cómo volvéis ahora en verano (estas fechas en que ya sólo pensamos en irnos unos días fuera de este sitio), os debemos, por lo menos, el hecho de que nos recordéis con vuestra ausencia (tanto como con vuestra llegada) que, en el fondo, las personas somos como pequeños topos que buscan bajo tierra unas raíces que comer. Cada topo en su galería, escarbando en dios sabe qué dirección. A veces, en la negrura, nuestras galerías se cruzan. Otras veces se separan.
Espero (y no lo dudo en realidad) que, llegado el momento, todos acabemos encontrando las palabras justas para, al menos, saber despedirnos de nuevo. Y también, faltaría más, compartir de momento una amorosa borrachera de bienvenida.