lunes, mayo 24, 2004

plegaria

Todas las ciudades son imaginarias. Todas las ciudades son invisibles. Miramos la ciudad y no alcanzamos a comprobar que la ciudad no es más que la gente. Así que uno lee este inquietante canto a Sevilla y siente que toda la ciudad, incluidas sus gentes y su abigarrada historia, cabe dentro en un poeta. O de un poema.

oh, sevilla, ciudad amada, ciudad que habitas los cielos y las antenas, ciudad que habitas el albero abrasado y los palacios sin esplendor, ciudad sola,
dondequiera que estés escucha nuestros ruegos.
por la promesa de ser piadosos con tus espinas, por la promesa de no dejarte morir en nosotros, por la promesa de siempre acariciarte tras el llanto,
atiende nuestros ruegos.
oh ciudad de piedra y de grieta, provéenos de un poco de pan tierno y de agua clara,
úntanos los ojos de la primera arcilla de tus casas, danos calles que caminar donde las gentes confundan los pasos. danos las vivas alamedas que resisten, danos el jarabe que hace olvidar los falsos porvenires, danos en tus despachos de mediodía la luz que restalla sobre cuerpos y voces. danos el mapa de los barrios del corazón y las llaves ligeras que en ellos abren puertas para la compañía y el consuelo.
danos cucharas de palo para el guiso y el tambor, danos alboroto y cachivaches, danos el cuchillo por afilar y la rabia del gato ante la demolición, danos un tiovivo de verdades, danos el vaso que cae al suelo, danos la cárcel donde llora el barro, danos vendas para las heridas y no para los ojos, danos el cante que destrenza el alma, danos una carta que podamos acercar al pecho, danos ráfagas de luna y de jazmín.
danos la fotografía en la que apareces dormida sobre la nieve.
oh, ciudad que dueles, danos la sangre oculta de los muertos desnudos que un día te amaron, danos aquellas banderas que dejaste sin coser para vestirlos, danos tu arrepentimiento y tu vergüenza y tu mejor palio para la mujer que todo lo perdió. danos el suburbio y la candela, danos las cadenas que tensa la noche cuando intenta escapar, el solar agreste que es llaga y abrigo, danos las fuerzas para sostener sobre nosotros el toldo de la helada, y además de fuerzas danos
mantas gruesas y caldos calientes y un poco de dignidad para los sordos pórticos. danos una cruz y danos clavos, pero no nos des las manos que enhebran la carne y el madero. danos una cruz y otra cruz y otra cruz y levantaremos con ellas emparrados y chozos donde refugiar a tus hijos.
oh, dama pequeña, ciudad de espuma, deja las cancelas de tus patios entornadas, haznos pasar. recógenos en tu regazo. no nos dejes caer. otórganos tu paz,
mas líbranos de la domesticación y del olvido
y aleja de nosotros para siempre a jueces e instructores de la muerte.


de Jose María Gómez Valero